Saturday, July 08, 2017

Mi hermano Luis / Walter Lingán (Colonia, Alemania)



Mi hermano Luis

                 Walter Lingán (Colonia, Alemania)


(A modo de agradecimiento a todos los amigos, organizaciones, instituciones, familiares, es grande la lista para nombrarlos a todos, mis disculpas por la omisión involuntaria de alguien)

El sonido de un mensaje en el celular me despertó de mi perezosa siesta. Era José Galdós, el Chino, que desde Lima me enviaba un link sobre la noticia del accidente de un obrero peruano en el estadio del Atlético Madrid. “A lo mejor Lucho lo conoce”, me preguntaba. La noticia decía que se había caído de las escaleras y lo habían ingresado muy grave al hospital “12 de octubre” de “Madrid te quiero un huevo”. Aún somnoliento “guasapeo” la noticia a Lucho, pero no hay respuesta, hago lo mismo con mi sobrina Urpi. Al rato ella me responde: “Es él, mi padre”. Le contesto al Chino José, “se trata de mi hermano”. Me parece oír su respirar. “¿Qué? ¡No puede ser, puta madre!” es su respuesta y la pantalla del celular enmudece, se oscurece, se apaga. No sé qué hacer, doy vueltas como léon encerrado. Eran las seis de la tarde y el accidente se había producido a las 09:45 de la mañana del 11 de mayo.

Desde la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del hospital Urpi, mi sobrina, me conecta con el médico de turno. Me detalla el estado clínico y antes de que la llamada se corte, logra balbucear: “No podemos hacer nada”. La reanimación “in situ” había sido demasiado tarde. El paro cardiorespiratorio había producido una hipoxia cerebral cuyo daño era irreperable y el traumatismo craneal condujo a un hematoma cerebral agudo. Al día seguiente estoy de guardia en el hospital donde trabajo y en constante contacto con mi sobrina y algunos amigos de Madrid te quiero un huevo. Carlos Benites, médico peruano y compañero del grupo de sikuris, me confirma el crítico diagnóstico. Busco el primer vuelo que me lleve a la capital española. El sábado 13 de mayo llegué al hospital madrileño a las 23.30 de la noche y logro conversar con el médico de turno. Me invita a la sala para encontrarme con mi hermano y mientras tanto me habla de la situación clínica y de los exámenes hechos, no se puede hacer nada, tanto adelanto tecnológico y no poder hacer nada por la vida. No somos nada en el grandiosidad del universo. Un punto insignificante y nada más.

Frente a mí está mi hermano Luis, parece dormir plácidamente, su respiración es tranquila, los aparatos que le ayudan a respirar me hablan, me dicen sobre su estado, un tanto hipertenso, afiebrado, la glucosa elevada. Le tomo la mano a modo de saludo primigenio. Me quedo callado mirándolo. Le paso mi mano izquierda por su mejilla. Su imagen me hace recordar a la imagen del Ché Guevara tendido en su lecho de La Higuerilla (Bolivia) y parece decirme: “Ya pe, doctorcito, estás frente a un hombre, a un jilata, a un sikuri”. Mis recuerdos vuelan, se encharcan, se encabritan, se rebelan y me revelan el pasado como en una película aunque desordenados y tumultuosos.

Oye, Lucho, ya pe levántate, no te hagas el loco, desconecta esos cables y levántate, vamos a la casa de las tías en Sayamud para hartarnos con la espuma de la leche recién ordeñada, vamos al panteón con nuestros zancos. Te doy mi trompo, el que tiene la punta bien afiladita, pero levántate, o te hago un run-run bien bacancito con las chapitas de cerveza Cristal. Déjate de vainas y deja esa incómoda cama hospitalaria y vamos a la casa de la tía Francisca a cuidar a la ovejas del “jorro grandajo” que amenaza devorarse a uno de los corderitos. No seas tan flojo y mueve tus brazos, abre tus ojos y mírame, mira que he traído un helado D`Onofrio, está rico. Te voy a peinar, con un poquito de saliva, que ya es hora de ir a la escuela, tenemos que llegar temprano para que la maestra no se enoje; en el chorro, a la entrada del pueblo, lavaremos nuestros pies. Pasamos luego por la cantina del chilposo a lo mejor el papá está ahí bebiendo con sus amigos.

Muévete, hombre, que el camión que nos lleva a Bagua ya está por arrancar. Así, como ahora, sin camisa íbamos al río Utcubamba para refrescarnos del tremendo calor selvático. ¿Recuerdas cómo aprendimos a nadar? Los “yanasos” nos arrojaron desde un montecito a la corriente del río y como perros manoteamos el agua y salimos salvos aunque la panza llena de agua. ¿Recuerdas cuándo William desapareció en Bagua Grande a donde fueron a vender los periódicos del fin de semana? Estabas asustado, ¡ja ja ja ja ja! Al día siguiente lo trajo un amigo de papá. Déjate de vainas y levántate, debes llegar temprano al concurso de matemáticas que organiza el ministerio de educación. Campeón de matemáticas de la región de Amazonas te toca ir a Chiclayo para el concurso nacional pero no pudimos conseguir el dinero para el pasaje, te emperraste y te subiste a la camioneta del director de la escuela sin un cristo en tu bolsillo, sin tu talega, sin más ropa que tu uniforme. Ganaste y regresaste todo un campeón. Ya ves que hay tantas cosas que celebrar. Levántate hermanito, hazme ese favor, y dime con cachita: “Ves, doctorcito, en mayo también hay milagros”.

Déjate ya de bromas y despierta. Italo te espera para cavar la zanja de la casa propia en Collique, hay que hacer la mezcla, remojar los ladrillos. Yo me quito, mejor me voy a la universidad, al fin y al cabo, me dirán que soy un vago, lo mismo que William. A propósito de William ¿dónde andará ese zamarro? Seguro está jugando fútbol en la Quinta Zona. En un descuido le robaremos sus zapatillas para ir a jugar nosotros también. Con todos esos muchachos podemos organizar un club de fútbol. Claro, dijiste, pero hay que meterles pelotas y cultura. Y fundamos el Club Deportivo Cultural Belgrado. Y la política nos fue ganando y adolescentes empezamos a soñar que un Perú diferente y para todos es posible y nos enrolamos en el Partido Comunista del Perú. Felices. “Ah, pero esto no es un juego, hacer la revolución es cosa seria, no es un vacilón”, me dijiste. Y en Collique nos cerraban las puertas de las fiestas de las quinceañeras por comunistas, pero tú te zampabas pues en la invitación decía: “Doris Lingán y familia”. Incluso jalabas a otros patas, hasta un negro entraba en la lista familiar: “Sabe usted, que en la puerta del horno se nos quema el pan” y el negro entró a bailar, a comer el escabeche de pescado y bailar a medianoche con la quinceañera. Hay que ser solidario con los hambrientos y pedías que comparta el segundo pan que me tocaba en el desayuno racionado. Ok, hermanito, te presto mis zapatos para que vayas con tu novia al cine porque los tuyos tienen huecos en la zuela: “Está bien que seamos pobres pero no hay que dejar que se note”. Pero ¡levántate!

Soñabas ser ingeniero para construir con todos un Perú nuevo y te preparaste gratis en la César Vallejo siendo el mejor alumno cada mes. Nos dijeron que para los pobres no se habían hecho las universidades y nos mandaban a trabajar. Aprendiste a coser pantalones en el taller de Ítalo. Ay, hermanito, quién me acompañará ahora que los tiempos se ponen negros y la persecución obliga a la clandestinidad. Déjate de bromas y vamos al local del partido por volantes y periódicos. El paro nacional se viene y hay mucho trabajo, hay que hacer pintas y organizarnos para garantizar que ningún microbús circule por la Túpac Amaru. Corre, corre Pepe, tu nombre adoptado en el partido, que viene la policía, puta madre, callejón si salida al doblar una calle en Año Nuevo, me jalas y nos metemos a un tanque de agua. La policía desilusionada se va y nosotros salimos mojados, tiritando de frío, son las tres de la mañana. Risa y más risa llegamos a casa a cambiarnos. Y la policía te cree demasiado niño como para ser estudiante universitario y político y ordenan tu libertad, pero a mí no me dejan libre. Sales sonriendo. Siempre estás sonriendo, ahora mismo pareces sonreír. Por tu compromiso en el partido dejaste a tu primera novia, llegado el momento hice lo mismo, hasta que tuve que salir al extranjero. Y el partido empezó a jugar mal según tu parecer y también te jugó mal, muy mal, malísimo. Ay, bandido, ya sabemos que te gustan las matemáticas y te conviertes en docente en la Universidad Villarreal. Las matemáticas entran con música y tus alumnos también tenían que aprender a tocar las zampoñas o sikuris o algún otro instrumento. Vamos a Huancayo, y con tus alumnos del colegio fuimos al Festival Nacional de Sikuris.

He perdido casi todo, me dices, y quieres venir a Alemania. Aprender el idioma te cuesta y decides ir a Madrid. Haces de todo para sobrevivir en los madriles. Te “proletarizas” y aunque sin militar en ningún partido sigues con tus ideas de cambiar el mundo. Impartes cursos de matemáticas a quienes lo necesitan y trabajas duro en la construcción civil. Tus diplomas académicos no sirven para nada, todo lo que hiciste tratando de conseguir el reconocimiento y nada, nada de nada. La desocupación como consecuencia de la crisis española te afecta y a duras penas sobrevives. Todo por tus hijas, hermanito, por ellas no tiraste la toalla. Por eso ahora no entiendo esa tu terquedad para no despertar, para no levantarte. Mamá está en camino y no permitas que te vea así, levántate y vamos a Mejorada del Campo, preparemos la bienvenida, viene también Marleny, así como Guillermo y William. Que sea el preencuentro de septiembre. Doris quiere hablarte, Hilda todos los días escribe desde Lima y quiere venir. Italo está preparando el almuerzo, el cuy, como él lo llama. Ya pe Poluchito deja las bromas a un lado y ponte la camisa, vamos a la casa de Mónica y Javier, también está Mery. Karen viene desde Berlín y Pilar desde Viena. La tía Elisa y la abuela Mery han preparado olluquito y hay humitas. Han comprado cerveza y tu vaso con hueco te espera. Todo lo que te pierdes por estar haraganeando en esta cama de la UCI. Levánte, hermano. Tus alumnos y ex alumnos, los amigos que hiciste en esta ciudad también quieren verte riendo. Los sikuris y los bombos no dejan de cantarle al cielo. En Sabores del Mundo nos espera un cebichito, ven, apúrate, que se enfría el lomo saltado. ¿Qué quieres que te dé? ¿Quieres mi vida? Te la doy sin condiciones, pero levántate y vamos a casa como cuando salíamos juntos de la prisión allá en la caótica Lima para ir riendo a la casa de Collique y seguir planeando la revolución. Ven hermanito que están aqui conmigo Anja, Sayri y todos los amigos que te quieren. Apúrate. ¡Levántate, hermano! Te pido por favor, te ruego, te ordeno.

La mañana del 16 de mayo del 2017 el médico nos da la fatídica noticia. Todo está consumado. Poluchito, Luis, Pepe, hasta aquí llegamos. Seis días de lucha y la vida se torna ya insoportable. ¿Qué pasará ahora? Ya no estarás esperándome en el aeropuerto de “Madrid te quiero un huevo”. Tampoco podré alojarme en tu casa. No me hiciste caso y te fuiste dejándonos huérfanos de hermano. Adelantaste el encuentro de toda la mancha planeado para septiembre. ¿Y qué es de la navidad que queríamos pasarla en Mejorada del Campo? El vaso sin hueco se queda solo, las fiestas se quedan sin tu baile contagioso y alegre, tus patas de los sikuris se quedan solos en este mundo horrible y a todo color. Cada mañana despertaré pensando en hablarte por WhatsApp. Me cuesta creer que ya no estás y yo con un problema de luz en el baño. Tú sabes que estás en nuestros corazones y nosotros estamos en el tuyo, así de simple. A lo mejor se te ocurre escaparte desde donde estás y un día te apareces en mi casa, o nos vemos en junio en el Festival de las Culturas en Frankfurt o München, o en tu cumpleaños volvemos a bailar y tomarnos unos pisquitos, te prometo que esta vez me tomaré uno o dos o todos los que quieras. Hermano, mientras escribo, estoy llorando a moco tendido, lloro a mares, y he decidido atarte al pulgar izquierdo de mi corazón. Lucho, Pepe, has muerto para seguir viviendo.

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