Friday, February 15, 2013

Cronicuento: DESAYUNO SOLIDARIO / Pepe Gálvez



DESAYUNO SOLIDARIO
                                                                                    
Por:  PP Gálvez

Chicago Enero 2013

                                                                                                             "Luché como varón para surgir

 y pude conseguirlo..."

                                                                                                                      (El provinciano, vals peruano)
                                                                                                   
En San Miguel de Cajamarca, durante los 30's y los 40's del siglo pasado, se produjo una efervescencia migratoria que respondía no solo al empeño de los sanmiguelinos por salir de la pobreza o lograr títulos universitarios, si no también a las facilidades que se presentaban para lograr un viaje menos engorroso y con mayores posibilidades de llevarlo a efecto.


Antiguamente los viajes en Vapor  (Barcos a vapor), eran prácticamente la única manera de viajar desde Pacasmayo o desde puerto Eten hasta Lima o a otras ciudades.



El Presidente Leguía había dado una ley de "Conscripción vial", por la que los peruanos debían trabajar en la construcción de carreteras, de tal manera que el que no podía o no quería hacerlo, tenía que pagar con dinero el valor del trabajo que le correspondía efectuar.



De esta forma se hicieron las carreteras y una de las más importantes para los cajamarquinos fue la construcción de la Carretera Panamericana Norte. Así, los sanmiguelinos que querían tratar suerte en Lima o Trujillo, salían a Chepén o a Pacasmayo y de allí enrumbaban en autobuses hacia la búsqueda de trabajo o estudios y con ello la mejora de vida personal y de sus familiares. 



Más de un sanmiguelino en este intento, se afincó en Chepén, otros en Pacasmayo, no faltaron los que escogieron Chiclayo u otras ciudades más pequeñas; pero cada cual de lo más acogedoras, cordiales y con su propio encanto.



En Lima, uno de estos personajes fue el señor Octavio Espinoza, sastre de profesión y amiguero de los mejores, contrajo matrimonio con una emprendedora dama residente en Lima y ubicaron su hogar en una "Casona" del Jirón Callao, lo que les dio opción a establecer dentro de la “Casona"  la Sastrería de Octavio y la Pensión de la Sra. Felicitas..



La Pensión no solo ofrecía almuerzo y comida (cena), si no que también daba alojamiento a casi una veintena de ocasionales huéspedes. Los pensionistas pernoctaban en regulares habitaciones unos y los más, en improvisados dormitorios, que convertían en un entrañable lugar de reuniones, donde disfrutaban sus éxitos y compartían sus vicisitudes con los sentimientos más claros de nostalgia y amor por su San Miguel que dejaron.



Por allí pasaron artesanos, futuros ingenieros,  médicos, dentistas, periodistas y de otras muchas profesiones, que burilaron su personalidad al calor de la amistad y la camaradería que en esa pensión, cultivaron.



En la pensión no se ofrecía desayuno, porque los horarios no lo permitían y así ocurrió que un lunes, Alejandro se encontraba en el Café Bar Okuma del Jirón Callao, tomando un frugal desayuno consistente en una taza de café con leche y un "Chancay" (pan dulzón muy esponjoso), cuando apareció Eurípides y casi avergonzado le decía:



-       - ¿Cómo estás "Chueco"?

-       - Bien hombre,  bien y tú?...  Vas a desayunar?

-       - No puedo, hasta la fecha no encuentro trabajo...

-       - Bueno siéntate, aquí tienes la mitad de mi chancay, tal vez te ayude en algo.

-       - Gracias, dijo Eurípides, ¿podría mojarlo en tu taza?

-       - Claro, dijo Alejandro.

-     
     Y ni corto ni perezoso, Eurípides, puso el medio chancay en la taza no demorando ni 10 segundos; pero fue suficiente para que el chancay absorbiera el café con leche que  quedaba, dejando casi vacía la taza.

  
Alejandro al ver que no quedaba nada en su taza, levantó la cara y le dijo sonriente...



-       - Ahora si Colorao, los dos nos quedamos a medias...



Pasó el tiempo y los protagonistas de nuestro cuento se ubicaron en la gran ciudad, hicieron una vida honrada y decente, educaron a sus hijos y con honestidad y empeño propios del sanmiguelino, lograron éxitos en sus diferentes actividades y siempre que se encontraron recordaban aquellos tiempos nostálgicos por la gran amistad, camaradería y solidaridad que desarrollaron en la Pensión, con anécdotas como la del desayuno en el "Café Bar Okuma" del Jirón Callao... 

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