Thursday, March 19, 2020

HOMENAJE A LUZMILA BRAVO BARRANTES, MI MAESTRA / Walter Lingàn



HOMENAJE A
LUZMILA BRAVO BARRANTES,
MI MAESTRA

Prof. Luzmila Bravo Barrantes
 
Allá en la ciudadcita donde nací, un pueblito andino, San Miguel de Pallaques con su iglesia y una torre de adobe, un inmenso reloj que marca el tiempo y la vida de los parroquianos, ahí empecé esta loca carrera por la lectura y la escribidera. En ese barrio serrano con todos los yanazos aprendí también las más endiabladas mataperradas. El santo patrono es el arcángel San Miguel aplastando al diablo y zampándole la espada divina sin piedad y por eso nos llaman Pisadiablos.

La cuestión es que en esa urbecita había una aldeana maestra llamada Luzmila Bravo Barrantes, cariñosamente Milita o Luzmilita. La escuelita Nro. 70 empezó a funcionar, gracias a las gestiones de Luzmilita y de Melva Arias, en un viejo inmueble con pretensiones de casa con dos pisos y un patio de tierra. Nuestro salón de clase se ubicada en el segundo piso. Las achacosas escaleras de madera gemían al paso estrepitoso de los muchachos. Una pizarra pequeña y pintada de negro carbón, colgada en una de las paredes del aula, era garabateada con la tiza blanca por las bondadosas manos de la joven maestra de vestidos vaporosos, zapatos brillantes y tacones discretos.

 
Con el encanto de su paciencia nos repasaba la lección una y otra vez para que todos pudiéramos entender. Con ella aprendimos a leer y escribir, a cantar en coro, hacer teatro, a declamar poesías de desconocidos poetas en aquel entonces, nos daba lecciones de moral y de ética, es decir, a ser honestos, veraces y respetuosos con todos. Fui su alumno engreído porque tenía los mismos gustos que ella: escribir y contar historias que escuchábamos de nuestros padres. Mi maestra empezó a gustarme. Comencé a mirarla de otra manera. Me acercaba a ella para embriagarme con la fragancia de su perfume, podía pasarme el tiempo sin fin observando alelado su rostro juvenil y hermoso, en su cabello descubrí que sosegadas dormitaban aquellas palomas que revoloteaban en el patio de su casa; y sus manos, sus manos benditas, posadas sobre mi cabeza, eran la glorificación del amor.

Dos años conviví con mi maestra Milita en esa escuelita fiscal y casi muero de amor cuando nos separaron para llevarme a otra escuela de niños mayores. En la clausura del segundo año escolar lloré recitando el último poema. Ella también lloró por mí, por nosotros, sus primeros alumnitos. Después iba a su casa, con cualquier pretexto, solo para ver volar sus pasos, escuchar el tintineo de su risa y su voz diciendo: Pasa, pasa, Waltercito. Pasaron los años, me enamoré de otra maestra, de otras muchachas, pero ella siempre será el primer y gran amor de mi vida.

El día de ayer, 14 de marzo 2020, me enteré del fallecimiento de mi maestra Luzmila Bravo Barrantes, Milita o Luzmilita, a través de mis paisanos en las redes sociales. Este breve recordatorio que sirva de sentido homenaje a su gran labor docente, porque “ser maestro en el Perú es una forma muy peligrosa de vivir y una forma muy hermosa de morir”, según escribió su colega Ricardo Dolorier.

Descansa en paz, Milita.

Prestigiosas Maestras sanmiguelinas, hermanas: Perpetua Àngela y Luzmila Rosa Bravo Barrantes.
 
Foto (1) de Juan Paredes Azañedo.
Foto (2) de Audi Torres.
Foto (3) enviada por Bercelia Serrano Barrantes.

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